Crees conocerla porque la amas,
y dices que la amas porque la conoces.
Crees que por hacerla tuya te pertenece
y no te has dado cuenta que no sabes como…
Pensaste que con un contrato comprometían su exclusividad
y firmaste con sonrisa de satisfacción.
Bueno, permíteme educarte colega…
Ella no es tuya, ni de nadie,
ella es del momento,
ella se entrega en un beso,
ella es de la lengua que le lame hasta lo profundo del los sesos.
Ella se regala en la taza de café que la escucha cuando ríe y cuando llora,
el que le calienta la garganta
como el colchón que le calienta la piel,
con un abrazo que no la suelte…
Aunque no se quede,
aunque en lo más cerrado de ese abrazo se repite el eco de que
“ella no estará mañana”.
Tendrás su cuerpo compartiendo la cama,
pero es a mí a donde vuelan sus pensamientos
hasta que le alcance el sueño.
Soy yo quien se mete en su cabeza
cuando despierta en la humedad de sus piernas.
Tu le acaricias la piel,
yo le acaricio el útero a la distancia,
a través de sus dedos.
Yo soy ese recuerdo que se pasea cuando la veas sonriendo sola,
y posiblemente cuando se enoja.
A ti podrá dedicarte todos los “te amo” de su muro,
pero yo le saco los “te odio” que se quedan entre sus dientes y la almohada. Porque mencionarlo nunca ha sido necesario,
si lo supimos desde que comenzamos a extrañarnos.